Emetofobia: Miedo a los vómitos

emetofobia

El término emetofobia se refiere al miedo a vomitar o a ver a otros hacerlo. El DSM IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) define la fobia específica como "un miedo marcado y persistente, excesivo o irrazonable, causado por la presencia o la expectativa de un objeto o situación específicos", en el que la exposición al estímulo fóbico provoca una respuesta ansiosa inmediata, que en algunos casos puede adoptar la forma de un ataque de pánico provocado por la situación.

Las personas que padecen fobias específicas suelen ser conscientes de que sus temores son excesivos e irracionales, pero son incapaces de considerarse libres del miedo y de evitar persistentemente el objeto o la situación temidos. Esto es exactamente lo que les ocurre también a los que sufren emetofobia.

Los enfermos están literalmente aterrorizados ante la posibilidad de vomitar, incluso cuando no hay causas objetivas para pensar que esto pueda ocurrir. Todos sus pensamientos o actividades diarias giran en torno a este miedo.

Se piensa erróneamente que es una fobia rara, pero en realidad muchas personas la padecen, pero rara vez se la confían a alguien porque suelen tener vergüenza o miedo a no ser comprendidos. Es bastante común que un paciente emetofóbico escuche la respuesta de que no debe tener miedo a vomitar, porque no es nada traumático, pero esta respuesta tiene como único resultado que la persona emetofóbica se sienta aún más fuera de lo normal, con la consecuencia de un cierre gradual y progresivo en su interior.

Normalmente esta fobia surge durante la infancia o la adolescencia, pero también hay casos en los que se ha desarrollado en la edad adulta.

No todas las personas que padecen emetofobia manifiestan los mismos niveles de gravedad, hay emetofóbicos que, a pesar de su fobia, siguen llevando una vida bastante normal y otros cuya fobia, en cambio, ha comprometido todas sus actividades cotidianas, porque el miedo puede llevar al paciente a:

  • reducir progresivamente el número de alimentos que consideran seguros,
  • comer poco y muy despacio (por eso a menudo se confunde con la anorexia nerviosa),
  • Controlar de forma obsesiva y maníaca todos los aspectos de la comida y su preparación (esto lleva a renunciar a ocasiones sociales como aperitivos, cenas fuera, viajes, ... donde no hay posibilidad de control),
  • reducir el contacto con objetos potencialmente contaminados con virus y otros microorganismos (aseos públicos, picaportes, ...),
  • evitar el consumo de alcohol y drogas por temor a que puedan inducir náuseas y vómitos.

Obviamente, hay diferentes niveles de gravedad de un paciente a otro.

Las fobias no siempre requieren tratamiento médico, en algunos casos es fácil poner en práctica estrategias de evitación eficaces sin consecuencias (el miedo a los ascensores, por ejemplo, puede no tener complicaciones significativas); sin embargo, cuando el miedo repercute en la calidad de vida es aconsejable buscar ayuda profesional con experiencia directa en la fobia, porque muy a menudo es posible solucionar o, en el peor de los casos, reducir la magnitud del malestar causado por la enfermedad.

Tabla de Contenido

    Causas

    No parece haber una causa específica que pueda explicar la aparición de la emetofobia, las razones pueden ser más bien muchas y es muy difícil identificarlas con exactitud; en la literatura es posible encontrar estudios cuyos autores han formulado posibles interpretaciones, por ejemplo se hipotetiza que una de las causas puede deberse a traumas infantiles que han sido eliminados o no tratados adecuadamente.

    Muy a menudo, incluso cuando la fobia surge en la edad adulta, puede estar causada por un episodio de vómitos que la persona ha percibido como traumático y durante el cual se manifestaron emociones que no fueron gestionadas adecuadamente.

    Otro estudio plantea la hipótesis de que la emetofobia está estrechamente relacionada con el deseo de la persona de mantener todo bajo control: un episodio de vómitos no permitiría a la persona mantener un control total, ni sobre sí misma, ni sobre el entorno que la rodea.

    Sin embargo, se necesitan más estudios antes de poder confirmar estas hipótesis.

    Síntomas

    Si se hojea cualquier enciclopedia médica, el término síntoma se refiere a una alteración de la sensación normal de uno mismo y de su cuerpo en relación con un estado patológico que el paciente relata. En la emetofobia, como en todas las fobias en general, la persona percibe diversas alteraciones en sí misma, pero definirlas como síntomas no es del todo exacto porque la emetofobia es en realidad el propio síntoma. Por ello se suele hablar de manifestaciones conductuales y entre las más comunes están:

    • La tendencia a no consumir alimentos justo antes de salir y/o negarse a comer fuera de casa por miedo a sentirse mal en contextos de los que quizás sería difícil salir o por miedo a no tener un baño disponible.
    • Selección cuidadosa de los alimentos por temor a que éstos sean poco digeribles o, peor aún, se estropeen. En algunos casos, los emetofóbicos comen muy poco, incluso en casa, porque tienen miedo de vomitar lo que han comido y, a veces, la consecuencia es una importante falta de peso. Sin embargo, hay que tener cuidado de no confundir la emetofobia con la anorexia nerviosa, ya que los emetofóbicos que comen muy poco (o nada) lo hacen exclusivamente por miedo a vomitar y no por el deseo de estar delgados (sin embargo, hay casos recogidos en la literatura en los que la anorexia es el resultado del miedo a vomitar).
    • Tendencia a evitar los viajes por miedo a marearse en el coche, en el mar o en el aire.
    • Rechazo a tomar cualquier medicamento que tenga como posible efecto secundario los vómitos, incluso cuando su salud esté en peligro.

    No es infrecuente que las mujeres renuncien a tener hijos, a pesar de su deseo de ser madres, porque les asustan las náuseas que suelen ir asociadas al embarazo.

    El miedo más frecuente entre los emetofóbicos es el de la gastroenteritis vírica, ya que los vómitos suelen estar entre los síntomas; de hecho, se mantienen bien alejados de las personas potencialmente contagiosas y si sospechan que están expuestos al riesgo de contagio pueden mostrar ansiedad, que puede ser muy intensa.

    Por lo general, la persona emetofóbica presta la máxima atención a cada pequeño movimiento de su estómago y si siente algo "anormal" se verá abocada a pensar que va a vomitar en cualquier momento. La ansiedad que se asocia a estos pensamientos suele provocar náuseas, por lo que se crea un círculo vicioso en el que se tiene tanto miedo a las náuseas, porque podrían provocar el vómito, que al final las náuseas aparecen realmente porque no se puede dejar de pensar en ellas. Esto puede llevar a abusar de los antieméticos (fármacos utilizados para contrarrestar las náuseas y los vómitos), que muy a menudo se toman sólo como estrategia preventiva y no porque haya una necesidad real.

    La peculiaridad de la emetofobia es que quienes la padecen tienen unos niveles de contención del vómito muy elevados, por lo que ocurre en muy pocas ocasiones que lo que tanto temen (el vómito) se produzca realmente.

    Un emetofóbico no suele vomitar, incluso cuando esto sería bueno para el organismo (como una intoxicación alimentaria).

    Es necesario señalar que no todos los emetofóbicos se comportan de la misma manera y, en cualquier caso, no tienen necesariamente el mismo nivel de gravedad. De hecho, hay emetofóbicos que no tienen problemas para comer fuera o viajar.

    Sin embargo, lo que todos tienen en común es la puesta en práctica de conductas de evitación, es decir, una estrategia defensiva que permite a la persona evitar el contacto con lo que le induce ansiedad. Si temen que la comida del restaurante pueda estar contaminada, renunciarán a ir allí y preferirán comer en casa, lo mismo ocurrirá si temen sentirse mal entre los demás o si temen que ir a lugares concurridos pueda exponerles al riesgo de contraer algún virus. Estos temores harán que la persona que padece emetofobia evite al máximo el contacto con otras personas, renunciando a una vida social satisfactoria e incluso llegando, en los casos más graves, a no salir de casa o a hacerlo en muy pocas ocasiones y sólo si es estrictamente necesario.

    Por supuesto, también hay emetofóbicos que tienen una vida social normal, pero a menudo si se encuentran en situaciones que consideran "inseguras" se sienten muy incómodos y no siempre son capaces de controlar su ansiedad. Esto puede llevarles a desarrollar pensamientos relacionados con el vómito que se vuelven cada vez más intensos hasta convertirse en una obsesión total.

    Tratamiento y terapia

    Un paciente con emetofobia, por diversas razones, es poco probable que busque ayuda de un especialista, a pesar de ser consciente de lo mucho que la fobia afecta a su calidad de vida.

    La razón más común es que la psicoterapia conduce al cambio, pero las personas suelen desarrollar resistencia al cambio. Una de las razones podría ser, por ejemplo, que quienes padecen emetofobia saben que tienen una alta capacidad para contener el vómito, por lo que podrían convencerse de que al curarse ya no podrán contenerlo tan bien y, por tanto, podrían vomitar.

    Por otro lado, hay que tener en cuenta que la psicoterapia permite al paciente desarrollar una serie de estrategias adecuadas no sólo para manejar la ansiedad que muy a menudo se asocia a esta fobia, sino que sobre todo le permite crear un clima de confianza, aceptación y comprensión con su terapeuta. Esto permite al paciente aprender a gestionar y comprender mejor la dinámica de su relación con los vómitos para adquirir las herramientas que le permitan cambiar esta dinámica.

    Terapia breve estratégica

    Se trata de un enfoque terapéutico que pretende resolver los problemas psicológicos rompiendo el círculo vicioso que existe entre la manifestación de la fobia y la conducta no adaptativa que la persona pone en marcha para intentar resolverla, obteniendo en cambio un mayor agravamiento. Esto ocurre porque el trastorno se alimenta continuamente.

    El objetivo de este enfoque terapéutico no es tratar de entender por qué se ha desarrollado el problema, sino cómo está estructurado y cómo se alimenta. El paciente podrá centrarse en las manifestaciones del trastorno "en el presente" evitando dedicar demasiado tiempo a las causas desencadenantes, que se refieren al pasado y muy a menudo son difíciles de identificar.

    La primera fase de la terapia estratégica breve se dedica al estudio de las características específicas del problema y, a continuación, terapeuta y paciente discuten las soluciones que ya se han puesto en práctica para intentar resolverlo.

    El paciente llegará a comprender por qué lo que intentó poner en práctica alimentó el problema en lugar de solucionarlo, y finalmente podrá elegir soluciones que han demostrado ser eficaces para ese problema específico.

    Psicoterapia cognitivo-conductual

    Lo que el paciente teme (en este caso el vómito) le provoca emociones poco funcionales en la vida cotidiana y le hace desarrollar pensamientos distorsionados, causados por su percepción e interpretación de los acontecimientos.

    Este tipo de psicoterapia pretende reducir la tendencia del paciente a evitar determinadas situaciones, ayudándole a reestructurar los pensamientos relacionados con su fobia y a desarrollar la capacidad de enfrentarse a la situación temida. En otras palabras, el terapeuta ayudará al paciente a identificar los pensamientos que están asociados a sus emociones negativas, con el fin de permitirle poner en marcha estrategias alternativas y más funcionales necesarias para afrontar las situaciones que causan malestar y miedo al paciente.

    Psicofármacos

    Los fármacos psicotrópicos no están indicados para el tratamiento específico de la emetofobia, sin embargo, en algunos casos, y sólo después de una cuidadosa evaluación médica y/o psiquiátrica, pueden utilizarse para tratar la ansiedad que frecuentemente se asocia a esta fobia. Sin embargo, las personas que sufren estas fobias deberían considerar la posibilidad de acudir a un especialista para realizar una psicoterapia, o bien solicitar a un psicólogo una entrevista de evaluación.

    Hay que recordar que muy a menudo los psicofármacos "encubren" el síntoma que, sin una ayuda psicológica adecuada, podría reaparecer cuando se interrumpe el tratamiento farmacológico. Por eso es muy importante que el paciente aprenda a gestionar y reestructurar la dinámica de los pensamientos relacionados con el problema.

    También es importante tener en cuenta que un hematófobo difícilmente aceptará tomar psicofármacos, ya que entre los posibles efectos secundarios informados en el prospecto suele haber vómitos, aunque no es un efecto secundario realmente visible en la práctica clínica habitual.

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